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divendres, 30 d’agost del 2013

LA NECESIDAD DEL PORQUÉ



Desde muy pequeños nos enseñan y hemos aprendido a preguntar el porqué de prácticamente todo. Parece que en nuestra cultura eso es muy importante y necesario, y consecuentemente, nos lo creemos y lo asumimos con naturalidad.

Muchas veces he imaginado otra forma muy distinta de funcionar, sin que nos preocupe tanto el “porqué” y sin que nuestro cerebro racional se adueñe de prácticamente todo nuestro ser.

Nunca he dudado de que una de las características típicas de inteligencia es “necesitar” entenderlo todo, pero no hasta el punto de convertirnos en seres rígidos, analíticos y reprimidos.

Con los años, renunciamos progresivamente a todo aquello que no es lógico, e incluso nos llega a parecer infantil e inmaduro comportarnos de forma espontánea e impulsiva.

Hemos llegado a un punto límite y estático donde solamente existe aquello que puede justificarse con bases lógicas y racionales.

Nuestra vida emocional recibe constantemente serios correctivos y nos produce una gran sensación de desasosiego y malestar personal, desembocando habitualmente en serios desequilibrios, disfuncionalidades, síntomas neuróticos y una clara tendencia a estar siempre con un ánimo disminuido y con pocas ganas y motivación para superar esa fase.




Hablando con muchas personas, notas su fatiga y su desilusión, su falta de energía y por encima de todo, la aceptación de que su vida ha cambiado y que deben conformarse con lo que les queda. Eso sí, siempre hay otros que son positivos y optimistas y funcionan de otra forma totalmente diferente.

Tengo la sensación de que cada vez tendemos a ser más radicales en nuestras propias elecciones, con lo que nuestra parte moderada, la que intenta equilibrar lo racional y lo emotivo, va desapareciendo progresivamente sin que seamos conscientes de ello. Pero como tendemos a un equilibrio y a una armonía universal, o bien somos racionales y lógicos de base, no aceptando lo que no pueda demostrarse, o bien somos emocionales y con una atracción por lo místico y lo que se aparta un poco de la explicación lógica.




Y es aquí donde se produce el conflicto: nos quedamos sin término medio, que nos permita analizar y sentir de forma holística aquello que ocurre a nuestro alrededor y en nuestro interior. Volver a ese equilibrio tan necesario como satisfactorio, nos cuesta mucho esfuerzo y trabajo, y en muchos casos, no llegamos a conseguirlo por más que nos esforcemos. 
Esa podría ser la primera causa de nuestro malestar. No podemos hacer ni sentir lo que queremos, sino lo que debemos. 
Nos cuesta dar una imagen exterior “no aceptada” y la respuesta suele ser siempre la misma: o nos reprimimos y aguantamos lo que nos pasa con las graves consecuencias que tiene esa opción con el tiempo, o explotamos y mostramos un actitud y un aspecto muy en desacuerdo con lo que nos rodea, y por lo tanto, tenemos graves problemas de aceptación y/o adaptación.


Este aspecto se relaciona directamente con el “mito de la uniformidad” explicado por el Dr. Melvyn Kinder. 
Se basa en la creencia de que todos somos iguales en nuestra composición emocional, y siendo “normales” y “saludables” deberíamos sentir y responder de la misma manera.

Sabemos que esta afirmación, no es verdadera, pero así nos lo explican y nos lo hacen entender. 
Cada uno acaba por forjar su propio destino y su propia vida, lo quiera o no, y aunque existan variables externas e internas que puedan determinar muchas de las situaciones que vivimos, somos los últimos responsables de las decisiones que tomamos y de la vida que decidimos desarrollar. 




Si podemos creer esa explicación, tenemos la posibilidad de ser un poco más “nosotros mismos”, es decir, de trabajar para conseguir el equilibrio necesario para vivir en lo posible con cierta paz, satisfacción y bienestar, y no solo por lo que conseguimos o por lo que nos ocurre, sino por la forma de interpretar y buscar la mejor manera de aceptarlo sin ser totalmente racionales ni totalmente emotivos-místicos.

Tal como decía al inicio del post, es muy importante preguntarse el porqué de todo, pero hay una importante diferencia al respecto. Esa diferencia viene dada por lo que nos enseña el tiempo: adquirimos experiencia, aprendemos a tener miedos que vamos intentando resolver, sujetamos nuestras emociones porque nos hacen daño, y nuestra única tabla de salvación a nivel de sentimientos se llama RAZÓN.

De niños, no conocemos el miedo, no tenemos experiencia. Podemos sentir emociones pero de inicio, no somos capaces de entenderlas. De ahí que nuestra vía de acceso al conocimiento sea conocer el porqué de todo. Nos falta algo fundamental que empezará muy pronto a cambiarnos la vida de forma definitiva, EL MIEDO.

No me refiero a un miedo concreto, sino al conjunto de todos aquellos miedos, que a partir de empezar a conocerlos, incidirán más o menos en lo que hacemos, sentimos o pensamos, en nuestras relaciones afectivas, familiares, sociales, profesionales, en el concepto de nosotros mismos y en las capacidades de las que disponemos para desarrollar el potencial con el que afrontaremos el día a día hasta el fin de nuestra vida.

Del miedo, hablaremos con mayor detalle en otro post.

Concienciémonos de lo que somos capaces de hacer y decidamos a favor de nosotros mismos, para poder exprimir al máximo la satisfacción que podemos obtener de lo que nos rodea y la que producimos a las personas que queremos y nos quieren.

La felicidad es resultado del bienestar, y sobre todo, de la PAZ con la que vivimos, que curiosamente, es lo más antagónico al miedo.





















dimarts, 14 de maig del 2013

EL ESTADO DE ÁNIMO QUE NOS CARACTERIZA

Puede que en más de una ocasión, nos hayamos preguntado si lo que "sentimos" o nos está pasando es “normal”.

Esta auto-pregunta no es fácil ni entenderla ni contestarla.

Solemos confundir lo que es “normal” con lo que es “frecuente”, y valoramos si estamos mejor o peor que otros a nivel comparativo, cuando en realidad, deberíamos salir de este marco rutinario que no nos ayuda en absoluto. 







Lo que consideramos normal, no tiene porqué ser frecuente. 
El concepto de normalidad debemos entenderlo como aquella situación personal global que más caracteriza a un promedio de población general de nuestra misma edad y condición. 
Es más un término estadístico, y por lo tanto, rígido a la hora de aplicarse a cada uno de nosotros. 

Me gustaría considerar que algo es “normal” cuando la sensación general que tenemos es de equilibrio, es decir, que aparentemente vivimos en una situación soportable en la que somos capaces de poder desarrollar nuestras capacidades, sensaciones, conductas y pensamientos de acuerdo con nosotros mismos y con los que nos rodean, de menor a mayor proximidad relacional y afectiva.

¿Cuándo podemos pensar que estamos realmente ansiosos y/o deprimidos?

¿Cómo deberíamos actuar en el caso de que lo estemos?

¿Qué pueden hacer los demás por nosotros? 

¿Cómo deben comportarse?


Hay un sinfín de preguntas que podemos plantearnos, y a la vez, nuevas interrelaciones que surgen de las propias preguntas. Es por ello que hablaré de los dos trastornos más vinculados con nuestro estado anímico: el Depresivo y el de Ansiedad.  



Tenemos intervalos de tiempo en los que nos encontramos más fatigados, desilusionados, cansados de que las cosas sean como son. 
Nos cuesta disfrutar de lo que hacemos y solemos ser más negativos/pesimistas sin saber del todo el porqué. Parece que nos sentimos desbordados e incapaces de afrontar nuestro día a día, y podemos incluso tener problemas de sueño (insomnio, despertar precoz) y de alimentación (falta de apetito, pérdida de peso). 
Sentimos que nos falta energía y bajamos el rendimiento general, dejando de hacer actividades y notando que nos cuesta mucho centrar nuestra atención por las dificultades de concentración y dispersión que mostramos. 
Si nos sentimos de esta forma, y a demás desde hace tiempo, podemos estar seguros de que nuestro estado de ánimo es depresivo y que, consecuentemente, NO es NORMAL. 
Es en este momento cuando podemos suponer que tenemos unos síntomas compatibles con un Trastorno Depresivo





También puede ocurrir que las preocupaciones nos generen sensaciones desagradables a nivel corporal y de funcionamiento orgánico. 
Nos sentimos mucho más sensibles y nos afectan mucho más las situaciones del día a día. 
Incluso podemos aumentar el consumo de alcohol y/o comida pero no por placer, sino más bien por necesidad.
 No podemos dejar de pensar en los estresores que nos rodean, y sentimos como una pérdida de control, que se nos va todo de las manos. Empezamos a evitar lugares concurridos y rechazamos en lo posible el contacto social. Aumenta el temor a estar o quedarnos solos, y a no ser reconocidos por lo que conseguimos, con la consecuente bajada de autoestima y la tendencia a estar mucho más irritable y sin ser capaz de tolerar la mínima negativa o cualquier hecho inesperado que nos obligue a cambiar lo previsto. 
La inseguridad empieza a ser constante y las dudas irrumpen con fuerza en todo aquello que pensábamos hacer. 
Al igual que en el apartado anterior, si es largo tiempo el que describe esta situación, nuestro estado de ánimo es ansioso, y por la misma razón, NO es NORMAL. 
Probablemente podemos sufrir un Trastorno de Ansiedad




Valoraremos entonces en que punto estamos, o bien en el que se considera normal, o en el que por no serlo, lo consideramos patológico.
No es tan difícil tener síntomas depresivos o ansiosos, pero ello no implica que, necesariamente, tengamos un trastorno emocional. 
Por la misma razón, en muchos casos podemos aceptar como normal estos síntomas, y en cambio, sufrir sin ser del todo conscientes un trastorno depresivo, ansioso o mixto del estado de ánimo. 




Para intentar tener un estado de ánimo suficientemente positivo, podemos plantear algunas recomendaciones que nos ayudarán a mejorar los síntomas que he expuesto anteriormente, y de esa forma, recuperar el equilibrio del que hablaba al principio del post como forma de situarnos en esa normalidad estadística. 

El primer paso es recordar que debemos esforzarnos para reconducir la situación, pero NO forzarnos. 
Intentemos aumentar la actividad y retomar las actividades de ocio con las que disfrutábamos.

Evitemos en lo posible los pensamientos negativos y centrarnos en las cosas que nos van mal. Procuremos ver las pequeñas cosas agradables del día y centrémonos más en lo que estamos haciendo que en lo que nos queda por hacer.

Dejemos de aislarnos de los demás y pasar solos mucho tiempo. 
La compañía y el relacionarnos nos ayuda a sentir que estamos acompañados y a sentirnos queridos y aceptados.

Aceptemos las limitaciones temporales que nos genera ese estado de ánimo, sin entrar en la autocrítica y la autodescalificación. Hacemos lo que “podemos”, y no necesariamente lo que “debemos”.

Afrontemos los problemas que tenemos, buscando ayuda y no apartándonos de lo que nos produce insatisfacción, temor o mayor grado de ansiedad. 
Cualquier pequeño avance en ese sentido puede ser trascendental en nuestra recuperación.

Volvamos a cuidar de nuestro aspecto físico en lo referente al aseo, ejercicio diario, alimentación y descanso. 
Mantener las necesidades básicas en un ciclo regular siempre es muy importante.

Acordemos descansar en pequeños períodos valorando lo que estamos haciendo mejor, sin pensar tanto en lo que nos queda pendiente y sin marcar objetivos rígidos y definidos. 
Cada día podemos tener variabilidad en nuestra productividad, por lo que es necesario y conveniente ser muy flexible en cuanto a autoexigencia se refiere.

No temamos decidir y actuar en consecuencia. 
Las dudas y la inseguridad suelen mantenernos en un estado rígido que no permite avanzar. Aceptemos que podemos decidir aunque el resultado no sea el esperado. 
Primero volvamos a hacer cosas, y progresivamente, ya intentaremos hacerlas de forma adecuada.

Aprendamos a relajarnos y busquemos momentos del día donde poder hacerlo. 
La relajación en si es una técnica preventiva ante la ansiedad. 
Es mucho más fácil relajarse cuando no estamos ansiosos, y a la vez, el estar relajados nos ayuda a impedir que los estresores ambientales incidan tan negativamente en nuestro estado de ánimo.

Para finalizar, sólo recordar que para que las cosas cambien en un sentido u otro, debemos necesariamente hacer pasos en algún sentido. 



Por muy mal que estemos y por mucho que lamentemos y nos quejemos de lo que nos pasa, todo será siempre igual si no variamos nuestra percepción de lo que ocurre, nuestros pensamientos al respecto, y nuestra forma de responder a los estímulos desencadenantes. 






El equilibrio emocional es posible, pero debemos trabajar para conseguirlo. 
No hay trucos ni secretos fuera de nuestro alcance. 
Simplemente hay que hacerlo.



diumenge, 28 d’abril del 2013

LA TERCERA EDAD


Con los años nuestro cuerpo se va oxidando progresivamente y va cambiando de forma significativa, tanto a nivel físico como a nivel funcional. 




Eso nos lleva inexorablemente a necesitar unas atenciones específicas que hasta el momento no eran necesarias. 

Empezamos a notar ciertas limitaciones que no siempre aceptamos, lo cual, influye directamente en nuestro estado anímico, y por lo tanto, también en nuestra forma de relacionarnos social y afectivamente con los demás.

Nos encontramos, por así decirlo, con un gran contenido rico en experiencia, conocimientos y aprendizajes, pero con una forma en constante envejecimiento por el paso inexorable de los años.

Hemos alcanzado la cima en nuestra evolución psicológica, y a la vez, descendemos progresivamente al “nadir” de la vida desde la perspectiva más físico-biológica. 



La tercera edad es el núcleo de población correspondiente a la gente mayor a partir de los 70 años de edad aproximadamente. 
En cualquier cultura y sociedad, las oportunidades en este grupo de población se reducen considerablemente. 
Pierden rápidamente oportunidades de trabajo, actividad social y capacidad de socialización, y en muchos casos se sienten postergados y excluidos. 
En países desarrollados, pueden alcanzar un nivel de vida aceptable, si reciben subsidio del Estado y tienen acceso a pensiones, garantías de salud y otros beneficios, al menos hasta el día de hoy.

Pero eso, desgraciadamente, no cubre en absoluto todas sus auténticas necesidades, que más que de seguridad y nivel económico, son especialmente afectivas y emocionales. 



En muchos casos, de la pareja inicial, sólo queda uno de los dos, y en este momento, tiene una trascendencia muy importante. 
Las carencias afectivas, las necesidades de compañía y las emociones negativas respecto a sí mismos, les encierran en un mundo propio, que en muchos casos, no saben cómo manejar.

Entramos de lleno en cuestionarnos una simple pregunta:

¿Podemos hacer algo más por ellos?

A lo largo de nuestra vida rara vez hemos dedicado tiempo suficiente a pensar que nos ocurrirá al envejecer. 
Parece que nos da mucho respeto este concepto, y lo vamos postergando hasta que un día, nos encontramos de frente sin poder evitar tener que enfrentarnos a lo que nos va a llegar de todas formas.

Cuantas veces nos hemos dado cuenta de que ese temor a envejecer, ha influido considerablemente a que nuestra conducta con nuestros mayores sea puesta en tela de juicio.

¿Qué tiempo hemos dedicado a acompañarlos cuando teníamos posibilidades?

¿Hemos expresado lo que sentíamos por ellos?

¿Les hemos incorporado a nuestra vida y han formado parte de nuestro día a día con suficiente continuidad?

Y así, podríamos seguir haciendo muchas reflexiones interrogativas de lo que podíamos o no hacer o seguir haciendo.

No pretendo entrar en la controversia de hacer críticas o juicios valorativos de cada uno, sino más bien, plantear que actitud afectiva es la adecuada para ese grupo de edad avanzada que no dispone ya del mismo tiempo que nosotros.

Y de nuevo, la variable tiempo, es la que casi justifica todo lo que podemos o no podemos hacer. 
Si en muchas ocasiones, no tenemos tiempo suficiente para nosotros mismos, tampoco vamos a tener tiempo suficiente para los demás. 
Pero lo más curioso, es que “tiempo”, si tenemos, aunque sea poco.

¿Lo aprovechamos bien? Esa es la pregunta que deberíamos plantearnos y responder.

Como en todos los intervalos de la vida, en esta última etapa resulta necesario replantearse algunas actitudes y comportamientos que, en un futuro próximo, no nos generen sentimientos de culpa y malestar personal.

La vida tiende a nucleizarnos cada vez más, encerrándonos en nuestra familia más directa, dejando cada vez más los lazos fraternales y familiares de grado no directo.

La gente se siente mucho más sola que en ningún otro momento de la historia de la humanidad, aunque no lo exprese ni lo verbalice. 




Las conductas sociales y las pautas actuales de relación, no permiten en algunos casos según que actitudes emocionales y el problema derivado de esa presión normativa implícita, tiene sus claras consecuencias en el desarrollo de respuestas afectivas a nivel interpersonal.

No siempre es posible hacer lo necesario, pero lo que se pueda hacer siempre será importante si tenemos en cuenta la regla de oro, que no es otra que la que afirma que sirve mucho más la calidad de la relación ofrecida que la cantidad.

Cada vez la longevidad es mayor, gracias a las nuevas tecnologías y a los avances en salud de la medicina moderna, pero los sentimientos y los afectos son como han sido siempre. Cuantos más años pasan, más podemos necesitar saber que importamos, que aún nos necesitan y que por encima de todo, que desean nuestra compañía sin que ello suponga un problema para los que nos rodean.

Ninguna persona mayor quiere ser un problema, ni una carga, ni generar una forzada dependencia para con alguien. 
Sólo quiere sentir que aún tiene algo que ofrecer, que puede ser útil y que por encima de todo, agradecerá un trato afectivo y cercano por parte de los demás.

Ese momento, seamos o no conscientes, nos llegará a todos y cada uno de nosotros, y es por ello que debemos concienciarnos cuando sea el momento oportuno.

La pena y la culpa, no nos ayudarán a sentirnos mejor cuando ya no tengamos ocasión para poder hacer nada. 
Solamente recordaremos algunas situaciones y ya no las variaremos nunca más.

En la vejez, la prioridad más importante radica en intentar mantener lo que se ha ido acumulando a lo largo de la vida, es decir, en no perder aquello que tanto ha costado conseguir. 
Aceptar lo que viene y asumirlo, requiere un gran esfuerzo personal, que sin duda ninguna, puede ser mucho más fácil si uno se siente acompañado, comprendido y querido.

La idea de la enfermedad, el cansancio y dolor acumulados, y la posible muerte ya más cercana, impactan en la tercera edad sin ninguna duda. 
El tiempo deja de ser un tópico teórico para transformarse en una cuenta atrás que ya no es posible frenar.

Las realidades son sustituidas por los recuerdos y sólo queda una opción, esperar.

El cómo se viva esa espera dependerá tanto de la propia persona como de los que la rodean. Ahí es donde podemos hacer alguna cosa. Que cada uno decida la implicación que debe o desee sentir.

Por mi parte, y después de muchas conversaciones a lo largo de muchos años, creo conveniente sugerir que por poco tiempo que tengamos, siempre podemos dedicar una parte a alguien que queremos, aunque no sea necesario.

La libre elección de hacer algo porque así lo sentimos, es mucho más placentera y satisfactoria de hacerlo porque debemos. 
Que no nos perjudique el no haber sido capaces de concienciarnos antes.





dimecres, 24 d’abril del 2013

¿QUE SUPONE EN REALIDAD ENFADARNOS?

Enfadarse, consiste en tener enfado, y éste, se define como el sentimiento que experimentan las personas cuando se sienten contrariadas o perjudicadas por algo u otras personas (falta de respeto, desobediencia, error). 
Generalmente, nos enfada todo lo que se opone a nuestro gusto, inclinación o elección. 
El enfado siempre puede aparecer en diversas situaciones que nos disgustan y/o perjudican de algún modo, al igual que se vincula a esperanzas supuestas, que por una razón u otra, no se han desarrollado como esperábamos. 

Tiene muchos sinónimos. 






Enfadarse supone mucho trabajo a nivel hormonal

A este nivel, parece que la acumulación de cortisol es muy excesiva en las personas que tienden a enfadarse.

El cortisol es un glucocorticoide producido por la glándula suprarrenal. Suele liberarse como respuesta al estrés.
En general, aumenta de forma significativa al despertar y al atardecer, coincidiendo con los ciclos de mayor necesidad de energía (al despertarnos) y con los síntomas de fatiga o cansancio que se producen al ir acabando el día (atardecer). 
Se han observado pautas diferentes de los niveles de cortisol sérico en relación con los niveles de ACTH anormal (adenocorticotropa), con la depresión clínica, con el estrés psicológico y con factores de estrés fisiológico (tales como la hipoglucemia, enfermedades, fiebre, traumatismos, cirugía, miedo, dolor, esfuerzo físico, temperaturas extremas....). 

Con ello lo que se deduce es lo siguiente: cuanto más se enfada uno, más puede enfermar. 



Los enfados causan muchos problemas de salud. 
Los profesionales de la Salud indican, además, que tales sentimientos negativos agravan e incluso provocan males (úlceras, urticaria, asma, enfermedades de la piel y problemas digestivos).
En un estudio reciente realizado en la Universidad de Stamford, de Estados Unidos, se observó que cuando se les pedía a personas que padecían del corazón que recordasen incidentes que todavía les enojaban, la capacidad de su corazón para bombear sangre disminuía en un 5%. 
Aunque dicha disminución no era de carácter permanente, los médicos la consideran significativa, pues cada vez hay más pruebas de que las personas iracundas tienen muchas más probabilidades de enfermar del corazón que las pacíficas.

Ello no debe significar en ningún caso que expresar nuestro enfado sea negativo o insano, sino todo lo contrario. El problema radica en la forma en que se hace.
Reprimir y controlar nuestras emociones hasta el punto de no expresar lo que sentimos, es de las peores cosas que podemos hacer. 
Igualmente, expresar de forma impulsiva y con toda nuestra capacidad el enfado que nos ha producido algo o alguien, produce daños severos en nuestra salud y nos deteriora de forma significativa. 

Tenemos que encontrar una manera adecuada de expresar lo que sentimos sin descontrol impulsivo y sin agresividad patológica.
Partiremos de un supuesto básico para responder bien ante el enfado, teniendo en cuenta, tal como decía, que debemos expresarlo, contenerlo en lo posible y calmarnos convenientemente. 




Expresar lo que sentimos, siempre es necesario, sea cual sea el sentimiento que contengamos.
Eso sí, hay que buscar la forma más adecuada de hacerlo. 
La forma utilizada requiere un mínimo conocimiento de mi mismo y de mis interlocutores, puesto que de ello depende esa posibilidad. 
Si no noto que mi expresión de sentimientos es incorrecta o poco propicia, puedo perjudicar a los demás sin ser consciente de ello. 
Sólo puedo entender que ocasiono dolor, cuando yo mismo lo noto en mi interior. Este es pues el principio básico para aplicar empatía, consciencia de cómo estoy, y expresión de aquello que siento y que llegará al otro por vías aceptables (sin imposición, juicio, rabia reprimida ni necesidad de castigar y/o agredir al otro). 
Expreso una sensación o un sentimiento, nada más. 

Contenerse no es sinónimo de reprimir ni de no expresar. Todo lo contrario. Al ser más consciente de lo que siento, puedo saber cómo me está afectando, y es entonces cuando regulo que aquello que exteriorizo, pueda llegar correctamente a los demás. 
Es especialmente importante encontrar un equilibrio dual entre lo que puedo proyectar al exterior y lo que recibe el otro de mi proyección. De ese modo, la posibilidad de enfrentamiento y conflicto se reduce de forma significativa. Ese equilibrio dual, nos ayuda no sólo a ser conscientes de nuestro exterior, sino a serlo de nuestro interior. 


Calmarse, facilitará que la atención hacia nosotros se mantenga y perdure. La excitación producida por el enfado puede generar actitudes defensivas de los demás, que nos impiden la consecución de poder expresar lo que sentimos, y que consecuentemente, no consigamos nuestro objetivo. La calma nos tranquiliza y favorece que no se produzca un distanciamiento, que de otro modo, sería prácticamente insalvable. 

El enojo es una señal de emergencia, que nos indica que algo está ocurriendo. 
Para resolver esta situación, el sistema nervioso activa y prepara nuestro cuerpo.
Generalmente, la primera respuesta del cuerpo al enojo es una aceleración de la respiración para absorver más oxígeno. 
Cuando respiramos más rápidamente, nuestro corazón bombea a mayor velocidad. 
Esto aumenta la presión en las arterias. 
Puede ser que también empecemos a sudar. 
Eso ayuda a refrescar nuestro cuerpo. Si nos miramos ante un espejo, podremos ver que nuestras pupilas están más dilatadass.

Podemos incluso enrojecer o palidecer. Las manos también pueden enfriarse. 
El cuerpo utiliza mucha energía cuando nos enfadamos. 
También podemos temblar. 
Las personas con problemas físicos pueden experimentar dolores en el pecho. 
Enfadarse muy seguido puede agotar las reservas de energía del cuerpo. 
La salud del cuerpo se pone en peligro cuando experimenta tensión adicional por sentimientos de enojo. 
El enojo puede causar tensión en los sistemas principales de nuestro organismo como el circulatorio, respiratorio y nervioso.

Reconocer los signos físicos y los efectos que el enojo tiene en la salud del cuerpo puede prevenir daños posteriores difíciles de resolver.

Por esas razones, convendría conseguir disminuir en lo posible los enfados que acaban lentamente con un buen equilibrio personal de las emociones y de las relaciones interpersonales.


Entre otros especialistas, el Dr. Charles Spielberger de la Universidad del Sur de la Florida en Tampa, y el Dr. Jerry Deffenbacher de la Universidad del Estado de Colorado, nos proponen una serie de estrategias para controlar el enojo y ayudar a tranquilizarnos:

1. RELAJACIÓN. 
Aprendiendo a respirar correcta y profundamente, controlando la tensión muscular, visualizando experiencias relajantes y practicando estos ejercicios recurrentemente.

2. RESTRUCTURACIÓN COGNITIVA. 
Intentando cambiar la forma de pensar habitual. Evitar dramatizar excesivamente, autocompadecerse, ser más razonables, actitudes que no nos aparten de los demás, buscar posibles soluciones al problema, recabar más en la lógica que en la ira y reducir el nivel de exigencia o cambiarlo por un “deseo en conseguir”.

3. RESOLUCIÓN DE PROBLEMAS. 
Mostrarse paciente y tolerante con las dificultades que se presentan al intentar resolver el conflicto, sin darse en seguida por vencido.

4. COMUNICACIÓN. Es importante no dejar de hablar cuando estemos enfadados, y a la vez, intentar escuchar lo que nos dicen. 
Tomemos un tiempo de espera para evitar impulsos negativos.

5. SENTIDO DEL HUMOR. 
Nos ayudará a tener una perspectiva más amplia de lo que está sucediendo. 
Todo lo que podamos percibir como algo gracioso y externo a nosotros, nos ayudará a salir de ese camino hacia el enfado. 
No hay que irrumpir en la ironía propia ni referida. 
Es bueno intentar no tomarse todo tan a pecho.

6. VARIACIÓN DE NUESTRO ENTORNO. 
Rompamos el marco donde se produce el problema. 
Salir de él y darnos un pequeño respiro con lo que ello supone, puede sernos de gran ayuda.

El Dalai Lama nos dice: 

“Si nuestra mente se ve dominada por el enojo, desperdiciaremos la mejor parte del cerebro humano: la sabiduría, la capacidad de discernir y decidir lo que está bien o mal.”



Aristóteles expone que:

Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo.”