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dimecres, 24 d’abril de 2013

¿QUE SUPONE EN REALIDAD ENFADARNOS?

Enfadarse, consiste en tener enfado, y éste, se define como el sentimiento que experimentan las personas cuando se sienten contrariadas o perjudicadas por algo u otras personas (falta de respeto, desobediencia, error). 
Generalmente, nos enfada todo lo que se opone a nuestro gusto, inclinación o elección. 
El enfado siempre puede aparecer en diversas situaciones que nos disgustan y/o perjudican de algún modo, al igual que se vincula a esperanzas supuestas, que por una razón u otra, no se han desarrollado como esperábamos. 

Tiene muchos sinónimos. 






Enfadarse supone mucho trabajo a nivel hormonal

A este nivel, parece que la acumulación de cortisol es muy excesiva en las personas que tienden a enfadarse.

El cortisol es un glucocorticoide producido por la glándula suprarrenal. Suele liberarse como respuesta al estrés.
En general, aumenta de forma significativa al despertar y al atardecer, coincidiendo con los ciclos de mayor necesidad de energía (al despertarnos) y con los síntomas de fatiga o cansancio que se producen al ir acabando el día (atardecer). 
Se han observado pautas diferentes de los niveles de cortisol sérico en relación con los niveles de ACTH anormal (adenocorticotropa), con la depresión clínica, con el estrés psicológico y con factores de estrés fisiológico (tales como la hipoglucemia, enfermedades, fiebre, traumatismos, cirugía, miedo, dolor, esfuerzo físico, temperaturas extremas....). 

Con ello lo que se deduce es lo siguiente: cuanto más se enfada uno, más puede enfermar. 



Los enfados causan muchos problemas de salud. 
Los profesionales de la Salud indican, además, que tales sentimientos negativos agravan e incluso provocan males (úlceras, urticaria, asma, enfermedades de la piel y problemas digestivos).
En un estudio reciente realizado en la Universidad de Stamford, de Estados Unidos, se observó que cuando se les pedía a personas que padecían del corazón que recordasen incidentes que todavía les enojaban, la capacidad de su corazón para bombear sangre disminuía en un 5%. 
Aunque dicha disminución no era de carácter permanente, los médicos la consideran significativa, pues cada vez hay más pruebas de que las personas iracundas tienen muchas más probabilidades de enfermar del corazón que las pacíficas.

Ello no debe significar en ningún caso que expresar nuestro enfado sea negativo o insano, sino todo lo contrario. El problema radica en la forma en que se hace.
Reprimir y controlar nuestras emociones hasta el punto de no expresar lo que sentimos, es de las peores cosas que podemos hacer. 
Igualmente, expresar de forma impulsiva y con toda nuestra capacidad el enfado que nos ha producido algo o alguien, produce daños severos en nuestra salud y nos deteriora de forma significativa. 

Tenemos que encontrar una manera adecuada de expresar lo que sentimos sin descontrol impulsivo y sin agresividad patológica.
Partiremos de un supuesto básico para responder bien ante el enfado, teniendo en cuenta, tal como decía, que debemos expresarlo, contenerlo en lo posible y calmarnos convenientemente. 




Expresar lo que sentimos, siempre es necesario, sea cual sea el sentimiento que contengamos.
Eso sí, hay que buscar la forma más adecuada de hacerlo. 
La forma utilizada requiere un mínimo conocimiento de mi mismo y de mis interlocutores, puesto que de ello depende esa posibilidad. 
Si no noto que mi expresión de sentimientos es incorrecta o poco propicia, puedo perjudicar a los demás sin ser consciente de ello. 
Sólo puedo entender que ocasiono dolor, cuando yo mismo lo noto en mi interior. Este es pues el principio básico para aplicar empatía, consciencia de cómo estoy, y expresión de aquello que siento y que llegará al otro por vías aceptables (sin imposición, juicio, rabia reprimida ni necesidad de castigar y/o agredir al otro). 
Expreso una sensación o un sentimiento, nada más. 

Contenerse no es sinónimo de reprimir ni de no expresar. Todo lo contrario. Al ser más consciente de lo que siento, puedo saber cómo me está afectando, y es entonces cuando regulo que aquello que exteriorizo, pueda llegar correctamente a los demás. 
Es especialmente importante encontrar un equilibrio dual entre lo que puedo proyectar al exterior y lo que recibe el otro de mi proyección. De ese modo, la posibilidad de enfrentamiento y conflicto se reduce de forma significativa. Ese equilibrio dual, nos ayuda no sólo a ser conscientes de nuestro exterior, sino a serlo de nuestro interior. 


Calmarse, facilitará que la atención hacia nosotros se mantenga y perdure. La excitación producida por el enfado puede generar actitudes defensivas de los demás, que nos impiden la consecución de poder expresar lo que sentimos, y que consecuentemente, no consigamos nuestro objetivo. La calma nos tranquiliza y favorece que no se produzca un distanciamiento, que de otro modo, sería prácticamente insalvable. 

El enojo es una señal de emergencia, que nos indica que algo está ocurriendo. 
Para resolver esta situación, el sistema nervioso activa y prepara nuestro cuerpo.
Generalmente, la primera respuesta del cuerpo al enojo es una aceleración de la respiración para absorver más oxígeno. 
Cuando respiramos más rápidamente, nuestro corazón bombea a mayor velocidad. 
Esto aumenta la presión en las arterias. 
Puede ser que también empecemos a sudar. 
Eso ayuda a refrescar nuestro cuerpo. Si nos miramos ante un espejo, podremos ver que nuestras pupilas están más dilatadass.

Podemos incluso enrojecer o palidecer. Las manos también pueden enfriarse. 
El cuerpo utiliza mucha energía cuando nos enfadamos. 
También podemos temblar. 
Las personas con problemas físicos pueden experimentar dolores en el pecho. 
Enfadarse muy seguido puede agotar las reservas de energía del cuerpo. 
La salud del cuerpo se pone en peligro cuando experimenta tensión adicional por sentimientos de enojo. 
El enojo puede causar tensión en los sistemas principales de nuestro organismo como el circulatorio, respiratorio y nervioso.

Reconocer los signos físicos y los efectos que el enojo tiene en la salud del cuerpo puede prevenir daños posteriores difíciles de resolver.

Por esas razones, convendría conseguir disminuir en lo posible los enfados que acaban lentamente con un buen equilibrio personal de las emociones y de las relaciones interpersonales.


Entre otros especialistas, el Dr. Charles Spielberger de la Universidad del Sur de la Florida en Tampa, y el Dr. Jerry Deffenbacher de la Universidad del Estado de Colorado, nos proponen una serie de estrategias para controlar el enojo y ayudar a tranquilizarnos:

1. RELAJACIÓN. 
Aprendiendo a respirar correcta y profundamente, controlando la tensión muscular, visualizando experiencias relajantes y practicando estos ejercicios recurrentemente.

2. RESTRUCTURACIÓN COGNITIVA. 
Intentando cambiar la forma de pensar habitual. Evitar dramatizar excesivamente, autocompadecerse, ser más razonables, actitudes que no nos aparten de los demás, buscar posibles soluciones al problema, recabar más en la lógica que en la ira y reducir el nivel de exigencia o cambiarlo por un “deseo en conseguir”.

3. RESOLUCIÓN DE PROBLEMAS. 
Mostrarse paciente y tolerante con las dificultades que se presentan al intentar resolver el conflicto, sin darse en seguida por vencido.

4. COMUNICACIÓN. Es importante no dejar de hablar cuando estemos enfadados, y a la vez, intentar escuchar lo que nos dicen. 
Tomemos un tiempo de espera para evitar impulsos negativos.

5. SENTIDO DEL HUMOR. 
Nos ayudará a tener una perspectiva más amplia de lo que está sucediendo. 
Todo lo que podamos percibir como algo gracioso y externo a nosotros, nos ayudará a salir de ese camino hacia el enfado. 
No hay que irrumpir en la ironía propia ni referida. 
Es bueno intentar no tomarse todo tan a pecho.

6. VARIACIÓN DE NUESTRO ENTORNO. 
Rompamos el marco donde se produce el problema. 
Salir de él y darnos un pequeño respiro con lo que ello supone, puede sernos de gran ayuda.

El Dalai Lama nos dice: 

“Si nuestra mente se ve dominada por el enojo, desperdiciaremos la mejor parte del cerebro humano: la sabiduría, la capacidad de discernir y decidir lo que está bien o mal.”



Aristóteles expone que:

Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo.”


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