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dimecres, 16 d’abril de 2014

INVASIVOS O APASIONADOS: ¿QUÉ ES LO QUE SOMOS?

Cuántas veces hemos tenido malas sensaciones con los demás cuando nos han tachado de invasivos, entrometidos, directivos, o incluso manipuladores, sin ser esa nuestra intención, ni mucho menos producir ese efecto y consecuente reacción.

Por ello me gustaría hablar del "apasionamiento" y diferenciarlo en lo posible del concepto “invasivo”.




La pasión puede definirse como una emoción o un sentimiento muy fuerte hacia alguna persona, creencia, idea u objeto al/a la que centramos la mayor parte de nuestra atención y dedicación mientras nos sentimos de esa forma. 
Lo que deseamos nos satisface, y eso aumenta o mantiene el nivel de pasión.

En cambio, la base de ser invasivo está en el dominio, en otras palabras, en el poder, y esa sensación de fortaleza y control nos puede llevar a la felicidad, igual que en el caso de ser apasionado. 
En este caso, lo que queremos nos hace sentir poderosos, fuertes, y eso aumenta o mantiene el nivel de dominio.



Desde un punto de vista psicológico resulta interesante lo fácil que resulta confundir y malinterpretar a ambos tipos de personas, por lo que creo conveniente explicar como son y reaccionan estas personas por sí mismas y ante los demás.

La “persona apasionada” (PA), se caracteriza por vivir intensamente todo aquello que le ocurre, imagina o desea. 
Está tan ilusionada con lo que siente que no suele darse cuenta del efecto que provoca en los demás. 
Es entusiasta hasta lo inimaginable, y parece que su energía brota sin parar desde su interior. 
Está en todas partes y sin ser consciente genera cierta inquietud y, en ocasiones, rechazo debido a su particular actitud, que puede considerarse de excesiva vehemencia. 
No repara en lo que es correcto sino en lo que desea, y precisamente eso favorece conductas impulsivas que pueden acarrearle consecuencias. 
No se desanima con facilidad y es muy persistente con lo que quiere conseguir aunque sea difícil y tenga pocas posibilidades de tener éxito. 
Suele ser considerada como una personalidad densa, con aparente falta de tacto y de control emocional. 


La “persona invasiva” (PI), necesita el reconocimiento y busca dominar al otro para sentir su propio poder. 
Su objetivo principal es el control de la situación y tener bajo su dominación a toda persona que tenga a su alcance. 
Lo vive como una necesidad imperiosa que debe conseguir como objetivo, actuando con toda su consciencia y la dureza necesaria para tener lo que quiere. 
No parece importarle el daño que puede causar ni la influencia negativa que genera al otro. 
No es considerada ni pretende serlo. 
Solo le vale ganar y a cualquier precio. 
No suele tener buena prensa ni un soporte por parte de los demás. 
Siempre está en un constante estado de alerta porque no sabe cuándo puede perder aquello que le ha costado tanto conseguir.




Lo más complejo e inverosímil, es como siempre, la combinación de ambos, dando como resultado un complejo perfil de cuidado.

¿Cómo es y cómo funciona un “apasionado invasivo” (AI)?

En este caso, todas las alertas son pocas, ya que nos encontramos ante un auténtico muro en el que colisionamos una y otra vez. 
Por un lado será una especie de torbellino que encontraremos en todas las actividades, conversaciones, o cualquier cosa que se nos ocurra. 
Son personas que carecen por completo de límites tanto con respecto a sí mismos como con respecto a los demás. 
Si fueran un día de la semana serían el jueves, y si fueran un día del mes, el 15 (son el ingrediente esencial de toda receta).

Y lo más importante y característico de su personalidad y funcionamiento es que no se dan cuenta de hasta qué punto pueden llegar a desgastar a los que les rodean, pareciéndoles increíble que los rechacen o los eviten la mayor parte del tiempo posible. 
Se sienten incomprendidos y duramente juzgados sin entender el porqué y pueden llegar a extremos de sentirse ellos las “víctimas propiciatorias” del egoísmo y desconsideración de los demás.

Estoy seguro de que todos conocemos a alguien con esas características y ese comportamiento.

En estos casos, no necesariamente el producto resultante de la mezcla [persona apasionada + persona invasiva] contiene lo mejor de cada factor, sino más bien, todo lo contrario. 
El AI, es así. 
En realidad no pretende causar problemas, pero si no sabe administrarse o contenerse, puede llegar a ser letal. 
Literalmente funde a los que les rodean como si fueran copos de nieve al sol.


El problema radica en que no siempre podemos encontrar la manera de evitarlos, y ello conlleva un sacrificio personal que es difícil de aceptar. 
Algunas opciones a intentar podrían ser:

- No proporcionarles información personal ni motivadora. Cuanto más aburridos seamos menos atención recibiremos por su parte.

- No creer todo lo que nos dicen con esa seguridad aparente de saberlo absolutamente todo. Solemos acabar con la sensación de ser poco capaces y de tener más miedos y complejos de los que en realidad tenemos.

- No debemos creer todo lo que nos cuentan. Parece que no sabemos organizarnos, vivir la vida o disfrutar de nuestro ocio cuando lo tenemos.

- No personalizar nunca la opinión que nos den. Podemos pensar sobre ello y aplicarlo a nuestra conveniencia, pero no cambiar nuestro modelo por el que nos ofrecen como único y veraz.

La huida masiva de este tipo de personas no nos soluciona el problema, por lo que debemos ser más receptivos con nuestra propia elección de a que distancia queremos estar.



Eso no quiere decir que todos los AI sean iguales ya que, afortunadamente, las personalidades de un mismo tipo aunque parecidas tienen gradientes de intensidad.

En algunos casos los AI son plenamente aceptados cuando su equilibrio interno les permite ser más conscientes de su capacidad de adaptación (familiar, social, profesional y personal) y como interactuar de un modo adecuado sin consecuencias negativas para nadie.

Aparecen entonces modelos personales que generan admiración y un trato destacado y benevolente que les permite realizarse a todos los niveles y sentir que no sólo son aceptados sino que a demás, sirven como referencia a muchos de los que les acompañan.



Cuando era niño me enseñaron una “máxima” que creo representativa para aplicar en lo posible: a veces los extremos no son la elección más conveniente. 
La moderación no es siempre una justificación cobarde ni una excusa para no decidirse. Teniendo en cuenta este principio, podemos continuar siendo nosotros mismos con menor carga ansiosa, ya que en las ocasiones que decidimos ser extremos, aumenta el riesgo de equivocarnos, y por consiguiente, aumenta de igual manera nuestra tendencia a sentir y manifestar ansiedad.

Sólo la experiencia acumulada en multitud de situaciones parecidas puede ayudarnos a elegir la opción más conveniente, que no necesariamente ha de ser la que deseamos o la que necesitamos.

Saber elegir implica mejorar nuestra calidad de vida práctica, pero no siempre la de nuestra vida emocional. Por ello mostramos actitudes invasivas, apasionadas o mixtas según el momento que vivimos y la situación que se desencadena.