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dimarts, 19 de gener de 2016

PEREZA: JUSTIFICACIÓN O AUTÉNTICA REALIDAD.



No pasa un solo día que por un u otro motivo, no aparezca la palabra “pereza” en alguna de mis sesiones de psicoterapia. 
Da que pensar lo fácil que resulta catalogar a la gente de perezosa, o lo que es lo mismo, pensar aunque no lo expresemos, que al que llamamos perezoso/a, no sirve para nada ni quiere hacer nada, que no acata ninguna norma y que es intrínsecamente egoísta por su tedio, su falta de “sangre” o su negativa a tomar actitudes de acción y solución de problemas cuando se presentan. 

Como bien sabéis, “pereza” es una palabra derivada del latín que significa: acedia, acidia, pigricia, y es la negligencia, astenia, tedio o descuido en realizar actividades.

Da la sensación que la pereza siempre tiene una connotación negativa y que todos podrían dejar de ser perezosos si así lo quisieran o lo intentaran.




Lo cierto es que esta creencia es absolutamente falsa. La pereza, una vez valorada y entendida como síntoma, puede ser debida a una enfermedad y/o trastorno que en lugar del supuesto placer que conlleva el no hacer nada, se transforma en un estado de ansiedad y malestar general que va minando nuestro ánimo y autoestima, nuestra capacidad de afrontamiento y el deseo y la ilusión de conseguir objetivos que nos ayuden a vivir en paz y con felicidad. 

No deberíamos olvidar que los seres vivos, hacen lo necesario para sobrevivir sin excederse demasiado en sus funciones de vida, una vez han colmado sus necesidades básicas para subsistir. Para ellos, vivir bien no implica necesariamente estar siempre activos. Sólo en caso necesario irán más allá. Curiosamente lo que nos parece muy lógico y aceptable en los animales, no puede ni considerarse en el ser humano.

¿Qué razón nos da la vida para estar esforzándonos en todo momento y en cualquier situación? 

¿Quién puede obligarnos o decidir por nosotros?

¿Quién se beneficia con esta forma de vivir apartando la pereza?

Hay muchos interrogantes a responder, y en ningún caso pretendo entrar a debate contestando algunos de ellos.

Como siempre, lo único que importa es que nos planteemos el porqué de las cosas, y qué sentido tienen para nuestra percepción única y particular de cada uno. No deseo ironizar ni debatir el tema en cuestión.

Se relaciona la pereza con la desmotivación, aunque algunos lo hacen con el aburrimiento. El que se aburre puede ser activo. El perezoso está desmotivado para hacer cosas y prefiere no cambiar su actitud, idea que comparto con la Dra. Magaly Villalobos, médico Psiquiatra y Psicoterapeuta. Define la pereza como la falta de estímulo, de deseo, de voluntad para atender a lo necesario e incluso para realizar actividades creativas o de cualquier índole. Es una congelación de la voluntad, el abandono de nuestra condición de seres activos y emprendedores. Dice también que en la antigüedad, lo que se oponía a la pereza era la actividad, no el trabajo. Para un griego el trabajo era cosa de esclavos, pero nunca hubiese dicho que era mejor la inactividad. Se relaciona la pereza con la desmotivación, aunque algunos lo hacen con el aburrimiento. El que se aburre puede ser activo. El perezoso está desmotivado para hacer cosas y prefiere no cambiar su actitud. Para ella, el “perezoso” o el que actúa “perezosamente” es aquella persona que renuncia a sus deberes con la sociedad, con la ciudadanía, que abandona su propia formación cultural (la persona que nunca tiene tiempo para leer un libro, para ver una película, para escuchar un concierto, para prestar atención a una puesta de sol). 

Dicho de otro modo, tenemos un acertijo a resolver: la pereza como síntoma o la pereza de base constitucional.



Lo que más caracteriza a la pereza constitucional es la discontinuidad, o la incapacidad del perezoso en mantener constante un esfuerzo mínimo en algún sentido. Aún y que sienta motivación, no es capaz de seguir de modo continuo en el tiempo un esfuerzo con una misma intensidad. El perezoso no suele trazar un plan con objetivos, más bien improvisa y actúa en el “aquí y ahora”. Sus planteamientos son el “hoy”, no el “mañana”. Aunque pueda tener capacidad y forma de conseguir éxito, fácilmente se cansa y acaba dejando de lado cualquier tarea iniciada.

Sería como mantener una oposición a las obligaciones que nos carga nuestro ritmo y entorno de vida, y como única salida, el perezoso, cambia la ansiedad del modus vivendi por la relajación de la nada. 

Como anécdota ilustrativa recuerdo una pequeña historia de 2 hombres tendidos al sol en un lugar muy caluroso. Uno de ellos le dice al otro que se le está acercando una serpiente muy venenosa y muy agresiva, y que debería levantarse y huir. El otro le pregunta si puede hacerle un favor. Sorprendido, le contesta que sí, y entonces le pide que cuando se levante, que le traiga el antídoto para la picadura de esa serpiente. 




Me llama la atención y me parece relevante que las consecuencias negativas que se derivan de este tipo de pereza, no consigan influir positivamente en el perezoso, que precisamente por serlo, asume los riesgos y el malestar propio del problema derivado, lo cual, es una clara contradicción con el motivo que antes decíamos respecto a la asociación “ansiedad modus vivendi” versus “relajación de la nada”. 

Es por ello que entiendo este tipo de pereza como patológico, y que no tiene nada en común con el de subtipo síntoma. 

La pereza como síntoma no la considero un estado, sino que más bien la relaciono como un efecto secundario de un trastorno del estado de ánimo, de ansiedad, de enfermedad médica, de efectos de sustancias, del sueño, etc.

En este caso, el malestar subjetivo es mucho mayor, y la persona se angustia al no tener la capacidad de reaccionar ante ese abatimiento generalizado. Una vez más, aquello que se deriva de una enfermedad y no es una justificación evitativa, nos produce una sensación desagradable y un sufrimiento continuado.

Y por si fuera poco, hay otros síntomas que agravan el estado emocional del individuo.

Cierto es, por otra parte, que la picaresca del ser humano, hace que paguen justos por pecadores, y en algunos casos, se confunda con vago o perezoso a una persona que tiene pereza como síntoma asociado.

Quizás deberíamos hablar más y juzgar menos, preguntar en lugar de hipotetizar y deducir lo que creemos aparente, y en ningún caso, dar por segura una hipótesis basada en suposiciones gratuitas.

La comunicación, el diálogo, la comprensión, y la empatía pueden ayudar mucho a saber que hay de verdad o no en la pereza como síntoma. Actuemos como si fuese imprescindible saber por boca del otro que es lo que pasa, y recordemos que no siempre “ES” lo que parece.

Con ello, quiero hacer hincapié en la mala prensa de la pereza a nivel global. La mayoría de la gente, considera la pereza como un rasgo negativo e incluso maligno, con el que se relaciona de forma negativa una forma de vida vacía, inútil y censurable.

Pero, ¿y si no fuera así? ¿Y si la pereza fuese necesaria e incluso beneficiosa para el desarrollo humano en todos los sentidos?

Como siempre, que cada uno obtenga sus propias conclusiones y decida lo que pensar, pero sin hacer un juicio crítico definitivo, ya que por mi parte, si algo he aprendido, es a dudar de todo y a cuestionar lo que parece incuestionable.

Quizás más vale ser perezoso y estar despierto, que no serlo y estar dormido.