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dissabte, 29 de març de 2014

ESTIGMA Y ENFERMEDAD MENTAL

Según el sociólogo estadounidense Erving Goffman, se define “estigma” como la condición, atributo, rasgo o comportamiento que hace que su portador sea incluido en una categoría social hacia cuyos miembros se genera una respuesta negativa, viéndoles culturalmente como inaceptables y/o inferiores.
Ello implica pertenecer necesariamente a un grupo social menospreciado.

Se produce entonces un hecho vinculante, en el que aparecen dos roles complementarios: el estigmatizador y el estigmatizado.


Las personas estigmatizadas tienden a ser rechazadas y aisladas del resto, con las consecuencias negativas que esta situación puede generarles. 
Los estigmatizadores pueden cometer actos extremos al actuar como jueces y liberar su abierta oposición a estos grupos menos favorecidos por el trato interpersonal. 
La estigmatización ayuda a determinadas personas a tener más alta autoestima y a sentirse poderosos (afán de ser mejores que los demás a cualquier precio), al compararse con los menos favorecidos o los que tienen más dificultades para desarrollarse con normalidad.

La estigmatización podría considerarse entonces como una forma deshumanizada de percibir y actuar ante los demás en ese sentido. 
Muchos profesionales en salud mental la consideran como una consecuencia de las limitaciones y ausencia de habilidades sociales y de conductas asertivas y adaptativas de algunas personas.

Ésta ilustración añadida a mi post, la he encontrado en la Revista de Psicología On-Line (Paper Blog) de un artículo escrito por Lizardo, la he traducido y creo que expresa una visión muy general y extendida en lo referente a la estigmatización.



Todas las personas que padecen una enfermedad mental tienen importantes dificultades para poder desarrollar su vida con una calidad y normalidad mínimas. 
Se producen numerosas interferencias que les perjudican notablemente, entre otras son significativas:

- Los entornos socio-familiares. En ocasiones no entienden al enfermo pero le juzgan y le dirigen, como si con ello pudieran conseguir un cambio significativo. Se crea, casi por obligación el vínculo cuidador-enfermo, y se deja de lado una relación espontánea para crear otra mucho más práctica y directiva que no favorece una sensación adecuada de intercambio afectivo gratificador.

- Las limitaciones del propio enfermo. En muchos casos NO le permiten adaptarse suficientemente bien, y por lo tanto, le producen un gran desconcierto y unas dificultades añadidas, si cabe, a su ya complicada situación.

- El difícil acceso a un tratamiento adecuado. Debido al miedo o temor a ser reconocidos como enfermos mentales, y a que sean rechazados en muchos de los ámbitos en que se desenvolverán en su vida (trabajo, ocio, relaciones interpersonales, actividades, etc.), evitan mostrarse en su mayoría, escondiéndose de las posibles críticas y eludiendo así alguna posibilidad de mejorar en manos profesionales adecuadas.

- La incomprensión y la actitud de duda. Muchas personas no saben cómo actuar ni que pensar ante una persona con enfermedad mental. Las posibles discriminaciones o suposiciones al respecto, inciden muy negativamente en la posibilidad de mejorar su estatus personal y emocional, rehuyendo al enfermo o no aceptando que lo está.

Las etiquetas sociales a estas personas, son un preludio de un calvario que deberán asumir y pasar a lo largo de su vida, siendo en muchos casos muy difícil poder desarrollarse y convivir en paz con una calidad de vida mínimamente satisfactoria.

Por ello el hecho de “etiquetar” influye en los propios enfermos a nivel de autoestima y reafirmación. Se notan diferentes, pero a peor. 
Se sienten rechazados, ignorados, incomprendidos y sin un apoyo real que pueda ayudarles a producir un cambio en su percepción emocional y en su actitud ante la vida.

Habitualmente, la “pena” es su eterna compañera de viaje, y desde mi punto de vista, es lo peor que puede ocurrir. 
No se sienten aceptados, ni considerados ni queridos, sino simplemente atendidos por un sentimiento distante de forzada comprensión por la aceptación ética, moral y social que marca obligadamente este tipo de actitud.

Aparece entonces la segunda compañera indeseable de viaje, la “sobreprotección”, la cual perjudica aún más el poder establecer una adecuada autonomía del enfermo (la que sea posible) y una visión positiva respecto a un tratamiento específico que podría mejorar la situación del enfermo a todos los niveles necesarios.


Aceptar la enfermedad es aprender a convivir con ella y con sus limitaciones. 
Eso es lo que hace más fuertes a enfermos, familiares, cuidadores, y amigos, facilitando una motivación en establecer objetivos determinados a cumplir conociendo antes cuáles son los auténticos límites personales y el posible nivel de exigencia para conseguirlos.

No todas las enfermedades mentales tienen el mismo pronóstico ni la misma evolución, y dependiendo del grado de gravedad, pueden acercarse mucho a una vida dignamente aceptable.

Aunque se ha dicho en un sinfín de ocasiones, sería muy importante que los medios de comunicación más significativos (televisión, radio, prensa) favorecieran una visión más clara y completa de lo que son los trastornos mentales y de las inter-relaciones que se producen en todos los ámbitos implicados (familia, instituciones, amigos, profesionales, etc.), sin olvidar que existen variedad de tipos y de muy diferentes configuraciones, con lo cual, las generalizaciones y etiquetas, tal como mencionaba anteriormente, no hacen otra cosa que empeorar esta situación de percepción global a nivel social. 




Con ello no quiero decir que sean ellos los responsables o culpables de la posible estigmatización, ni mucho menos, ya que su función es en principio informativa y se basa en plasmar opiniones y puntos de vista sociales, políticos, religiosos, etc. y acercarlos a todo el que quiera escucharlos.

Pero si me gustaría sugerirles que plantearan la posibilidad de transmitir unas informaciones debidamente contrastadas por realidades existentes, teniendo en cuenta las consecuencias de lo que se explica y del efecto que puede tener tanto al estigmatizador como al estigmatizado.

Con el tiempo y la consideración precisa y adecuada podríamos cambiar a mejor, sin ninguna duda, pero para ello debemos realizar un esfuerzo personal, y no por qué nos lo pidan o sea lo que se espera de nosotros, sino porqué así lo sentimos y deseamos para los que conocemos y para los que no.

Todo ser humano desfavorecido en ese sentido, debería tener la oportunidad de llegar hasta donde alcance su esfuerzo y capacidad, con la ayuda necesaria y sin trabas ni obstáculos que impidan en muchas ocasiones la posibilidad de ser un poco más feliz, tanto a nivel de auto-aceptación como de aceptación social.

Deberíamos aprender a reciclar todos los sentimientos negativos y etiquetas para obtener unos productos finales muy necesario en estos días, tal como son la comprensión, el respeto, la tolerancia y la aceptación.


En las enfermedades mentales coexiste sufrimiento y dolor, que puede ser mínimamente atenuado con una receta muy simple de explicar y de llevar a cabo:

- Una cucharada de esfuerzo personal

- Doscientos gramos de inversión de tiempo

- ½ kg. de cariño

- Ilusión y motivación, al gusto del realizador

¿A que no es tan difícil como parecía, verdad?