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dilluns, 14 de desembre de 2015

SOY RICO: TENGO TIEMPO.

En el principio de los tiempos, la vida humana se basaba en la supervivencia. 
Las necesidades no estaban cubiertas, ni mucho menos, y las posibilidades de vida eran muy limitadas. 
El tiempo era un aliado muy valioso, pero en aquel entonces no se sabía ni podía medirse.

A lo largo de la historia y con los avances de la especie humana, el tiempo empezó a tener diferentes etapas, algunas positivas en su valoración global y otras no tanto. 
Me gustaría empezar con una introducción histórica a lo que podemos entender por “tiempo” en el sentido que pretendo daros a entender. Es por ello que a modo de resumen, utilizaré los datos que aporta una monografía de Ramón Sanchís, filósofo y escritor: “Evolución histórica de las concepciones sobre el tiempo”, que creo adecuada y muy interesante. 


EN LA ANTIGUA GRECIA, Platón y Parménides creían en un mundo gradual, con múltiples niveles de realidad. Según ellos, el espíritu precisaba del cuerpo para manifestarse, pero ambos, daban más realidad al espíritu que al cuerpo, algo en contra de la visión que se tiene hoy en día.

Pero si esto es así, el tiempo como medida de lo cambiante tan sólo es necesario en el mundo de la existencia. Por ello Platón proponía un particular uso del día equilibrado, en el que además del trabajo no faltaban los placeres del alma, los «divinos ocios» como él los llamaba, en que las actividades como el teatro, la pintura, la oratoria, la lectura, etc., permitían al alma hallar su alimento diario.

Según Platón, el día se dividía en cuatro partes equivalentes en tiempo: una para ser destinada a dormir, otra para el trabajo, otra para las comidas, la higiene y similares menesteres, y una última a los divinos ocios.


EN LA ANTIGUA ROMA, dividían el tiempo en «ocio» y «trabajo». El tiempo se deseaba especialmente para un uso prioritariamente lúdico y festivo, pero perdían un poco de vista que el tiempo era a la vez la materia con que se tejía la formación del ser interior. Tener tiempo no debería ser tan sólo disponer de él solo para el ocio, sino disponer equilibradamente de él para adquirir conocimiento y crecimiento personal.

Según expresaba Séneca, en su libro «De la brevedad de la Vida» (Tratados morales), “el pasado” ya no es nuestro pues lo poseemos tan solo en el recuerdo, “el futuro” aún nos es desconocido, y por lo tanto, “el presente” es lo único de lo que disponemos, pero éste es tan fugaz como un instante. El tiempo entonces no tiene valor sino en cuanto se hace buen uso del mismo, y aquellos que se lamentan de la brevedad de la vida son los mismos que despilfarran su contenido en vaguedades.

Cicerón, siguiendo la máxima «tempus fugit» y la practicidad romana afirmaba que «cada momento es único», y así el tiempo individual se engarza con un tiempo histórico, un tiempo colectivo que mide el paso y avances de la humanidad en un determinado momento. En su concepción pragmática e histórica, el hombre tiene un destino concreto que descubrir y realizar para poder llegar a «ser», y si no alcanza a realizarlo «deja de ser», pues habría desperdiciado su tiempo, y por lo tanto, su posibilidad histórica de plasmarse y dejar un legado para el porvenir. Su visión no es la de un mundo tan sólo individual, sino de realizaciones colectivas, y su concepción es la de un compromiso histórico que llevó al mundo romano a reunir culturas, religiones, idiomas e intereses, bajo un ideal común.


EN LA EDAD MEDIA, el tiempo discurre como en una línea recta, sin ciclo alguno, y los hombres viven en un tiempo terreno, no autónomo sino creado, pudiendo llegar algún día a alcanzar la eternidad en la que se halla Dios. La eternidad es como un fondo estrellado, distante e inmóvil, pero alcanzable para el hombre que tiene fe. El tiempo lineal da un aliento de esperanza al creyente, pues al final de la larga escalera temporal ésta siempre le llevará a la cúspide de la merecida eternidad. Para la fe cristiana el hombre es un ser trascendente y la vida no es más que un estar de paso.

Para San Agustín, en cambio, el tiempo tenía un componente psicológico, «es la vida del alma» porque el pasado aún existe dado que podemos recordarlo; el futuro también tiene cierta existencia pues podemos anticiparnos a lo que sucederá, y el presente obviamente existe.

El tiempo dejó de ser entonces algo objetivo o psicológico para ser marcado por los ritos, los rezos y las festividades eclesiásticas que, creaban un ritmo cíclico que se repetía cada año, acercando la conciencia en una espiral creciente hacia una captación trascendente. Así la idea de un tiempo lineal en lo teórico dio paso, en la práctica, a un tiempo cíclico que se repetía eternamente tal como concebían las culturas milenarias y ancestrales.



EN EL MUNDO MODERNO, desaparece la visión subjetiva del tiempo, y es a partir de Galileo y Newton cuando la mecánica clásica lo concebirá como un valor matemático, como algo fijo, absoluto y medible, que puede conocerse por experimentos, cuya realidad no precisa relacionarse ya con el movimiento para ser medida, y que existe desde el fondo de los tiempos hasta la eternidad, como algo ilimitado e inamovible, constante como un tic-tac que no pudiera parar.

E. Kant afirma que el tiempo no tiene una realidad fuera de nuestra mente, nosotros somos los que ordenamos nuestras percepciones del espacio y de los objetos según una sucesión temporal propia y subjetiva, que ya existe a priori en nosotros, y que no comprendemos por experimentos o por la experiencia, sino que es una intuición pura previa a la sensibilidad que capta el entorno. Del mismo modo que comprendemos lo que está arriba o abajo, relacionamos los acontecimientos en un antes y un después de modo natural.

Para Hegel, como idealista, el tiempo ya no se considera como un valor ni un marco fijo e inamovible, sino como un camino a través de lo temporal, un devenir que percibe la propia conciencia del hombre y de las civilizaciones para ir acercándose a plasmar la Idea, el Espíritu.

Aparece una nueva revalorización del tiempo personal como imbricado en una realidad histórica; así, filósofos como Hegel, y otros más recientes como Ortega y Gasset, Spengler, Toynbee y Dilthey, han relacionado el «tiempo individual» con un «tiempo colectivo», han anudado el tiempo a la concepción de la historia, recalcando que el hombre en lo colectivo es un ser histórico que no puede vivir de espaldas a su época.

Fue Toynbee quien preparó la idea desarrollada por Mircea Eliade de que el tiempo está sometido a un «eterno retorno», (demostrando que la historia es cíclica, que la humanidad ha visto sucesivas culturas que han pasado por etapas similares de esplendor o por reiterados medioevos, y que las formas gastadas parecen retornar con fuerza, con el empuje de lo novedoso pasados unos años)

EN EL MUNDO CONTEMPORÁNEO, fue el filósofo francés Henri Bergson quien planteó claramente la subjetividad del tiempo, dando un salto cualitativo en las concepciones anteriores.

Para él, hay un tiempo uniforme, objetivo y continuo, del que podemos medir su duración mediante los relojes, y hay un tiempo auténtico -el único verdadero-, que tiene una «duración real» que conforma la propia vida interior.


Una vez terminada esta introducción, creo que puede entenderse con mayor claridad que a lo largo de la historia, las modas cambian, siempre lo han hecho, y posiblemente, siempre lo harán. Como intento plasmar, lo que antaño se desechaba, ahora es de nuevo reconocido, apreciado y valorado. 

Lo antiguo acaba teniendo incluso más valor que en su máximo momento de esplendor y novedad, y por si no fuera ya de por si asombroso, lo hace muchos años después de que fuera arrinconado o substituido por haber quedado ridículo e insuficiente ante el progresivo avance tecnológico constante.

Y con sus más y sus menos, llegamos a nuestra época actual, dónde el tiempo es sumamente escaso, y curiosamente, tendemos a tener cada vez menos, forzándonos a un estrés y a unas condiciones de vida que nos pueden producir graves alteraciones. La prisa concentrada, atraganta nuestra consciencia y no nos permite disfrutar de lo que tenemos, manteniéndonos en un estado permanente de indefensión que impide la sensación de satisfacción personal.

Vivimos centrados en lo ocurrido (pasado) y pendientes de lo que puede ocurrir (futuro) perdiendo la auténtica realidad que significa el presente, al cual, no le dedicamos mucha atención.

El tiempo es el mismo para todos pero no sabemos aprovecharlo y lo perdemos constantemente, mal utilizándolo en multitud de tareas que suponemos más importantes, pero no necesariamente satisfactorias a nivel emocional.

Transformamos el valor del tiempo en productividad, es decir, todo lo que hacemos es “NO PERDERLO” en situaciones que no generen rendimiento de algún tipo.

Ese es el error que pagamos caro durante nuestra vida, y cuando nos damos cuenta o nos concienciamos de ello, ya es tarde para recuperarlo.

El tiempo que realmente es positivo, mentalmente sano y necesario por no decir imprescindible, es precisamente el que la mayoría categoriza como “pérdida de tiempo”.

El tiempo de ocio, el que no aporta rendimiento pero si satisfacción, placer y bienestar, es el realmente importante y caro, y por ello, no puede comprarlo todo el mundo.

En ese punto, comparto totalmente la idea de Séneca y Cicerón (concepción romana de la utilización del tiempo), pero eso sí, con un aporte suficiente del mismo referido al conocimiento y a la formación individual de cada ser humano.

El tiempo dedicado a la educación, es por lo tanto vital e imprescindible. 



Si de algo empiezo a estar muy seguro es que la vida, en algún momento, nos permite tener una opción de cambio, sea por una causa u otra. Llegamos a una situación crítica que nos obliga a reconducir, replantear o a variar ostensiblemente nuestro ritmo cotidiano. Que lo aprovechemos o no, es sólo nuestra decisión.

Pero lo que yo he vivido por experiencia está muy claro:

- Todos los que han decidido tener un poco más de tiempo para sí mismos, son mucho más felices que antes, y saborean con mayor intensidad las pequeñas cosas del día a día, sin que objetivos insustituibles de antaño, empañen de nuevo esta vida que nunca hubiera existido sin ese cambio de rumbo y esa decisión límite. 

- La sensación de bienestar resultante, equivale sin duda alguna, al placer de tener más de lo que necesitamos, y esa percepción es solamente comparable a la que da una situación económica desahogada en el mundo donde el tiempo productivo es el objetivo principal. Y por ello, desde este análisis, cuanto más tiempo tengo para ociar y/o crecer a nivel personal, más rico puedo considerarme. 



dimarts, 1 de desembre de 2015

LOS TRASTORNOS DE LA PERSONALIDAD (TP).

Se habla mucho de si esta persona o la otra tiene o no un problema de personalidad, y entre la gente corren comentarios al respecto con una etiqueta que fácilmente se agrega y que en muchos casos no es cierta.

Todos hemos oído alguna vez que si éste es un TP, que si es agresivo, o amenazante, que no sabemos dónde puede llegar cuando se enoja o le provocan en una situación determinada.

Me gustaría intentar aclarar un poco que es realmente un trastorno de personalidad y las consecuencias que tiene para el que lo padece y para los que conviven con él.



Un “Trastorno de Personalidad” según el DSM-V, es un patrón permanente de experiencia interna y comportamiento que se aparta significativamente de las expectativas de la cultura del sujeto. Puede afectar dos o más de las siguientes áreas:

1. COGNICIÓN,
 formas de percibir o interpretarse a uno mismo, a los demás y a los acontecimientos

2. AFECTIVIDAD, 
en cuanto se refiere a la gama, intensidad, labilidad y adecuación de la respuesta emocional

3. FUNCIONAMIENTO INTERPERSONAL


4. CONTROL DE LOS IMPULSOS



Éste patrón es persistente e inflexible, extendiéndose a una amplia gama de situaciones personales y sociales. Provoca malestar clínico significativo o deterioro social/laboral/familiar/personal. Es un patrón estable y de larga duración, con inicio en la adolescencia o al principio de la edad adulta. No es atribuible como consecuencia ni manifestación de otro trastorno mental, ni es debido a los efectos fisiológicos de alguna sustancia (drogas, fármacos) ni a una enfermedad médica (tumor cerebral, traumatismo craneal,…)

Lo que empieza a llamar la atención, y a mi modo de ver es muy importante, es la certeza de que ese patrón conlleva una larga evolución, y no sólo es una respuesta a una situación de estrés que está afectando al sujeto.

Theodore Millon (Manhattan, 1928-Greenville Township, 29 de enero de 2014) fue un psicólogo estadounidense pionero en la investigación sobre la personalidad, y valoraba la diferencia entre un TP y una personalidad sana.

Un “trastorno de personalidad” es un modo particular y patológico de ser y comportarse que:

· Es omnipresente, es decir, se pone de manifiesto en la mayor parte de las situaciones y contextos, y abarca un amplio rango de comportamientos, sentimientos y experiencias.

· No es producto de una situación o acontecimiento vital concreto, sino que abarca la mayor parte del ciclo vital del individuo.

· Es inflexible, rígido.

· Dificulta la adquisición de nuevas habilidades y comportamientos, especialmente en el ámbito de las relaciones sociales, perjudicando el desarrollo del individuo.

· Hace al individuo frágil y vulnerable antes situaciones nuevas que requieren cambios.

· No se ajusta a lo que cabría esperar para ese individuo, teniendo en cuenta su contexto sociocultural.

· Produce malestar y sufrimiento al individuo o a quienes le rodean: provoca interferencias en diversos ámbitos (social, familiar, laboral, etc.)

· El malestar es más bien consecuencia de la no aceptación por parte de los demás del modo de ser del individuo más que una característica intrínseca del trastorno. En general suelen ser ego-sintónicos (de acuerdo con el Yo).

· La conciencia de enfermedad o anomalía es escasa o inexistente.


En cambio una “personalidad sana” se caracteriza por:

· Ser adaptativa.

· Su flexibilidad.

· Tener un funcionamiento autónomo y competente en diferentes áreas de la vida.

· Habilidad para establecer relaciones interpersonales satisfactorias.

· Capacidad para conseguir metas propias, con el consiguiente sentimiento de satisfacción subjetiva.




Dentro de los trastornos de personalidad, existen cuatro diferentes subtipos:

 GRUPO A, considerados como trastornos de rareza o excentricidad, y son:
  • a. TP Paranoide
  • b. TP Esquizoide
  • c. TP Esquizotípica
GRUPO B, considerados como trastornos dramáticos, emocionales o erráticos, y son:

  • a. TP Antisocial
  • b. TP Límite
  • c. TP Histriónico
  • d. TP Narcisista
 GRUPO C, considerados como trastornos de ansiedad o temor, y son:
  • a. TP Evitativo
  • b. TP Dependiente
  • c. TP Obsesivo-compulsivo
GRUPO D, considerados como “otros trastornos”, y son:
  • a. Cambio de la Personalidad por afección médica
  • b. TP Especificado
  • c. TP NO Especificado

Como puede verse, hay mucho que desarrollar y no es mi intención hacer una monografía tan densa y completa.

Prefiero explicar a grandes rasgos características básicas de cada una de ellas en base a saber diferenciarlas por la importancia de sus manifestaciones conductuales.

He encontrado un ejemplo muy gráfico que creo que ilustra suficientemente bien lo que significa la misma situación según se viva por un subtipo de TP u otro.




Las personas con TP pueden mostrar distintos estados emocionales y de conducta según su edad, el inicio de sus síntomas, su salud en general, la importancia de sus síntomas, su decisión de aceptar sus dificultades de adaptación, la aceptación o no de ayudarse con psicofármacos, etc.

Son cuadros difíciles de tratar y de pronóstico reservado, en los que es aconsejable una participación familiar y del entorno social-afectivo del sujeto implicado.

Es frecuente que las personas del entorno del afectado, se dejen convencer (manipular) por el mismo para intentar evitar los enfados o muestras de impulsos agresivos, con lo cual, sólo se consigue reforzar las conductas patológicas.

Hay que tener bien presente que este tipo de sujetos intentan conseguir que nos desestabilicemos para tenernos en el terreno que más les conviene. Rechazan las normas y los protocolos de forma constante, buscando justificaciones, que curiosamente, siempre tienen al alcance. Nunca son culpables de nada. Siempre son los demás o las circunstancias las responsables de lo ocurrido.

Hay que evitar siempre en lo posible el hecho de personalizar en uno mismo lo que está pasando. Responder con agresividad y/o ira, no va a aportarnos ninguna ventaja, más bien todo lo contrario.

Creo importante comentar que muchas veces el TP queda tapado por un aparente cuadro depresivo o ansioso, que dificulta reconocer el trastorno y nos confunde haciéndonos pensar en otras opciones, que no son las reales y auténticas.

Es fácil que las personas con TP, tengan tendencias adictivas, comportamientos autodestructivos, malestar físico importante, conductas de riesgo, falta de continuidad en lo que hacen y suelen ser superficiales con falta de rigor adecuado.